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Saco el móvil y tomo una foto del avión aparcado delante mio. Es un Wizzair rosa con blanco que está esperando para llevarme a la ciudad eterna, Roma. 

Estoy feliz, pero no por Roma, no por ir a Italia, ninguno de esos dos sitios me llama tanto la atención. Lo mio son otros lugares, otros países, otra arquitectura y otro tipo de arte. De Italia me gusta la gente, la comida y el idioma…todo eso si que lo voy a disfrutar. 

La mente se me fue por un momento, ¡perdón! Vuelvo al aeropuerto y a los aviones. 

Retoco la foto un poco, resalto el color del cielo azul, también del avión y del logo de la compañía. No he volado muy a menudo con Wizzair pero como me gustan sus colores de marca! ¡Ah… y los uniformes! Son tan alegres, tan vivos y los empleados los llevan con tanto orgullo. Siempre que los veo, los admiro. 

Es temprano, apenas son las siete de la mañana. Necesito urgente un café con leche y algo para desayunar. Camino por el pasillo iluminado de la Terminal 2 del aeropuerto de Barcelona El Prat en busca de un sitio para satisfacer mis necesidades matutinas. Me paro en un Coffee Republic y me pongo a la cola a esperar mi turno. Al cabo de unos minutos levanto la cabeza para mirar el menú y me sorprendo con los precios. ¿Cuándo se ha vuelto cuatro euros un cappuccino? ¡La inflación no para de subir en Barcelona!

Cambio de opinión y empiezo a caminar para otro lado, tiene que haber otra cafetería con precios más españoles. 

Me fijo en las pantallas del aeropuerto y veo por fin la confirmación de la puerta de embarque. Nos han asignado en el módulo U que está aquí al lado, así que llego en un momento y me detengo en la zona de la cafetería para conseguir mi objetivo. Al final me compro un “breakfast deal” de 8 euros que incluye un café (con leche en mi caso), una bollería y un zumo natural de naranja. No es que sea barato pero tiene muy buena pinta. 

¡Estoy feliz! Aprovecho que tengo un rato y me siento en una silla alta para devorar mi desayuno.

Mientras escucho un podcast en rumano sobre uno de los tenistas más famosos que tiene mi país, Ilie Nastase, una leyenda viva y el primero número 1 mundial para Rumania, observo mis alrededores. 

¡Qué diferente era esto en la época de la pandemia!

Que tristes y silenciosos eran los pasillos del aeropuerto, de todos los aeropuertos realmente. El mundo se paró por un tiempo y pensábamos que no volveríamos a una normalidad. Aquí estamos cuatro años más tarde, tal vez con más problemas mentales, ansiedades, inseguridades, pero aun así viajamos. 

Me encantan los bullicios de los aeropuertos, la gente que va y viene, los aviones que aterrizan y despegan. Es un sitio en el que nunca me aburro de observar. Las emociones a flor de piel, las despedidas, los reencuentros, todo está muy vivo aquí. Aunque hace años que no trabajo en un aeropuerto, no puedo dejar de sentirlo como mi segunda casa, sobre todo al de Barcelona. Me desenvuelvo sin problemas en cualquier otro y me fascina compararlos, explorarlos, pero El Prat tiene su lugar especial en mi corazón. 

Por allí, en el verano de 2010, en este mismo lugar empezó mi aventura en la aviación.

Hice de los aviones y los aeropuertos una profesión, que se extendió a lo largo de nueve años y me hizo muy feliz. Me ofreció numerosos retos profesionales, viajes a lugares lejanos e increíbles, compañeros con los cuales compartí muchas risas a la vez que trabajamos duro para asistir a nuestros pasajeros y evitarles disgustos al máximo posible. Fue una etapa maravillosa, también con mucho estrés y a veces incertidumbre, que gestione como pude hasta que me canse. 

Hoy, estoy aquí en este aeropuerto como una simple pasajera. Hace un año que no trabajo más con mis queridos aviones y la razón es porque me tomé un periodo sabático. No se si volveré, yo también me lo pregunto, y aun no tengo una respuesta definitiva. 

A veces echo de menos este sector único, ese dinamismo que no acaba, pero también sé que hay cosas que ya no deseo. El camino me está llevando por otros lares y espero poder insertar la aviación de alguna manera. 

Uy… Es mi turno para embarcar, ¡ya voy Roma!


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