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Para la versión en Rumano, aqui.

Llevo unos días pensando en los viajes iniciáticos y en su significado para la humanidad, para los que me rodean, para mi misma. Cuanto más he pensado, me he dado cuenta de que he tenido varios hasta ahora, algunos han sido en lugares aparentemente normales pero que acabaron siendo un antes y un después en mi vida, otros en rutas especiales, conocidas por su magia y su energía desde viejos tiempos.

Según la definición clásica, es un viaje en el cual el individuo experimenta situaciones diferentes, con las cuales no está acostumbrado pero las tiene que afrontar igual. A veces por el camino, se hace preguntas a sí mismo e incluso tiene revelaciones, todo eso ayudando a lograr una mejoría en su propia persona. 

Estos viajes han sido presentes muchas veces en la literatura y en el cine, como en los libros Odisea de Homero o Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, o las películas más recientes, tipo Hacia Rutas Salvajes (Into the Wild – 2007), Alma Salvaje (Wild – 2014). Personalmente, me gustaron la película El Camino (The Way – 2010) y los libros El Peregrino (The Pilgrimage – 1987) de Paulo Coelho y El Camino, un viaje espiritual (The Camino, a journey of the spirit – 2000) de Shirley MacLaine. 


 

Camino de Santiago era una de las peregrinaciones cristianas más importantes de la Edad Media, junto con las peregrinaciones hechas hacia Roma y Jerusalén. Se dice que los restos del Apostol Santiago El Mayor han sido llevados en barco desde Jerusalén al norte de España y enterrados en la Catedral de Santiago de Compostela, ubicada en la ciudad con el mismo nombre en la comunidad autónoma de Galicia. 

En esa época, la gente lo hacía meramente por razones religiosas, pero actualmente hay muchas más, como por ejemplo un tiempo lejos de la rutina diaria, poner a prueba tus límites físicos y mentales, viajar a un país extranjero, un tiempo en solitud para descubrir tu misión de vida, etc.

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Actualmente, Camino de Santiago es un conjunto de varias rutas que llevan todas al mismo sitio, la Catedral de Santiago de Compostela. El clásico y más transitado es el Camino Francés de 775 km, que comienza en la parte francesa de los Pirineos en el pueblo de Saint-Jean-Pied-de-Port. También existen el Camino del Norte de 820 km, desde País Vasco a lo largo de la costa cantábrica, la Vía de la Plata de 963 km, desde el sur peninsular en Sevilla siguiendo la vieja calzada romana hasta el norte, el Camino Primitivo de 313 km, desde Oviedo por el interior, el Camino Portugues de 610 km, desde Lisboa caminando hacia el norte y a partir de Oporto siguiendo la costa o el interior de la península. Hay algunos más cortos, como el Camino de los Ingleses (73 km desde A Coruña o 113 km desde Ferrol) o el Camino de Fisterra y Muxía (82 km). 


 

El Camino de Santiago llegó a mi vida mientras trabajaba en el aeropuerto de Barcelona El Prat, por allí en 2010-2011. Nunca antes había escuchado hablar de estas rutas y recuerdo que me pareció interesante cuando una de mis compañeras de trabajo comentó que uno de sus sueños era hacerlo por lo menos una vez en la vida. Los años pasaron y volvió a mi la información en la primavera de 2015, cuando Iunia, una chica cuyo libro había comprado años atrás, hizo el Camino Francés entero junto a unas amigas y compartió su viaje día tras día en Facebook. 

Estaba encantadísima con el viaje de Iunia, que llevaba siguiendo en las últimas semanas, así que un día saliendo a correr por el barrio con mi mamá, le propuse hacer juntas un trozo del Camino de Santiago. Me pregunto qué suponía eso y le dije que lo investigaría en cuanto volviéramos a casa. Era Mayo y la planificación me duró un par de días nada más, así que decidimos irnos a mediados de Agosto del mismo año. Íbamos a hacer una semana caminando por la parte española del Camino Portugues y una semana de turismo por Galicia. 

Nuestros motivos no fueron nunca religiosos, sino más bien puramente mundanos. Llevábamos una mala racha en nuestra vida personal, nos sentíamos insatisfechas y un poco sin rumbo. Era una buena oportunidad para reflexionar, ordenar nuestros pensamientos, estar en paz y quizá encontrar nuestro propósito. A la vez, queríamos poner a prueba nuestros límites físicos y mentales. Era la primera vez que íbamos a hacer senderismo cargando una mochila con todas nuestras cosas en la espalda y lo ideal era que no pesara más del 10% de nuestro peso. Fallamos estrepitosamente en eso y lo pagamos con creces.

Los 120 km caminando por el interior de Galicia fueron llenos de emociones distintas. Nos reímos mucho, lloramos a moco tendido, estuvimos en silencio cada una con sus pensamientos, nos indignamos cuando el albergue municipal nos mandó a dormir a las 10 de la noche apagando la luz, sufrimos con las ampollas que nos salieron en los pies, nos maravillamos con la naturaleza, nos alegramos al conocer y compartir momentos con gente bonita. Supimos darnos el espacio que cada una necesitaba y a la vez estuvimos allí una para la otra cuando hacía falta darnos ánimos para continuar. 

Caminamos diariamente una media de 20 km mientras cada una cargaba una mochila de 8-9 kg, superando el límite recomendado de 5 kg que era aproximadamente el 10% de nuestro peso. Nuestra espalda y los hombros no fueron para nada contentos, pero se acostumbraron poco a poco a llevarlo. Los únicos beneficios que vimos de eso fueron la cintura estrechándose, ya que las mochilas tenían un cinturón que nos hacía sudar mucho en la zona lumbar, y las piernas fuertes por hacer tanto ejercicio con peso encima. 

A lo largo de seis días, dormimos cada noche en otra cama, alguna más cómoda que otra, con gente que roncaba al lado nuestro y que nos forzó a dormir con tapones en los oídos. Compartimos habitación con bastante gente desconocida, a veces con solo 2-3 personas, otras veces con 25 más, y no morimos en el intento. 

No fue para nada una experiencia reveladora, sorprendente o fascinante. Y digo eso porque más o menos esas eran las descripciones que escuchamos de gente que ya lo había hecho antes que nosotras. No vivimos ningún WOW, ni durante ni después del viaje. No volvimos con un propósito más claro, ni tampoco descubrimos nuestra misión de vida. No lo sentimos en ese momento y la verdad es que todavía pienso lo mismo, a pesar de que han pasado ya seis años de aquello. A veces lo disfrutamos, otras veces lo aborrecimos, sobretodo cuando se nos hacía largo y pesado y no parábamos de preguntarnos quién nos había mandado a hacer esto. 

A cambio, conocimos gente con mentalidad similar a la nuestra, a la que le encanta viajar, experimentar cosas nuevas y superar sus límites, gente que no tiene miedo a empezar desde cero con tal de poder vivir la vida que siempre soñaron. Esta gente nos dio el impulso que necesitábamos, la confianza de que no estamos solas, de que se puede si te lo propones. Porque en esa época viviendo en Rumania nos sentíamos tan fuera de lugar y tan incomprendidas. 

El Camino de Santiago fue un viaje iniciático, espiritual también aunque en ese momento no lo supe ver así. Representó el comienzo de futuros viajes con la mochila por el centro y el sur del continente americano en busca de nuestra alma latina. 

 

 

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