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Según la definición clásica, el burnout es un estado de agotamiento físico, mental y emocional especialmente asociado con el trabajo. El empleado suele estar expuesto de manera continua a una carga de trabajo excesiva, falta de formación para llevar a cabo sus tareas, malas relaciones y ausencia de apoyo en el entorno laboral. Los altos niveles de estrés, la falta de equilibrio entre la vida profesional y la personal, el desgaste general pueden tener consecuencias muy graves. 

Yo no he llegado a vivir un burnout real, pero a lo largo de mi vida laboral si he tenido dos experiencias que iban encaminadas a eso. De la primera salí corriendo en cuanto me di cuenta el daño que me hacía y me costó meses volver a sentirme yo misma, con la segunda por suerte mejoraron mucho las condiciones y no tuve que cortar desde la raíz de nuevo. 

Estas dos experiencias me han enseñado lo que no quiero repetir, además de estar más atenta a mis necesidades como ser humano, de buscar un equilibrio entre mi vida personal y la profesional, como decir un firme no cuando siento que algo no me representa o que puede llegar a ser nocivo para mi a largo plazo. 

Pero hoy no se trata de todo eso. Hoy quiero hablar solo del lado emocional, ya que muchos lo rehuyen y lo evitan, a pesar de que estamos conectados con las emociones desde que nacemos y estos influyen mucho en nuestras decisiones diarias. 

¿Será que existe también un burnout emocional?

Yo creo firmemente que sí, y que no tiene porqué estar asociado sólo con el trabajo. Otra explicación no encuentro a lo que he experimentado en las últimas semanas. 

“¿Qué te pasa? No lo sé.” Esta fue una frase constante tanto en la boca de varias personas, como en mi propia cabeza. No había pasado nada en concreto y por eso se me hacía muy difícil responder. Sentía que estaba mal, pero no sabía cómo manejarlo.  

Me he sentido muy agobiada e irritable, con una sensación de nudo en el pecho constante, con dificultad para concentrarme, con falta de energía y ganas de gestionar cambios a cada minuto. Incluso tomar decisiones simples, como que quiero comer o cocinar, me daba dolor de cabeza. Relacionarme con la gente, escuchar sus problemas, mostrar empatía y paciencia, me hacía sentirme todavía más agotada.

La única solución que encontré fue aislarme en todos los sentidos. Estar sola en mi casa, en mi rincón seguro. Minimizar al máximo social media y sobretodo las noticias sobre el COVID19, trabajar lo justo y necesario, posponiendo cosas que no eran urgentes para otro momento, no relacionarme con gente, ni para bien ni para mal. 

He sido muy antisocial y no me arrepiento. He cortado a saco los inputs externos para poder prestar atención a los internos. He levantado un escudo para protegerme de las energías ajenas. Y así, poco a poco, empecé a ser capaz de lidiar con lo mío, de sanear la línea imaginaria entre mi espacio y el mundo, de reencontrar el equilibrio. 

Soy una persona a la que le gustan mucho los cambios, los retos, la novedad. Si no me las ofrece el medio externo pues las busco sola para aprender, evolucionar, crecer y conocer. Pero pienso que con la llegada de la pandemia hemos estado sobreexpuestos a eso. La cantidad de información para gestionar ha sido inhumana y de hecho creo que lo sigue siendo. Es una agresión constante hacia tus planes, tu rutina, tus deseos, tus sentimientos, en definitiva hacia tu vida, esa que nadie debería decirte cómo vivirla. 

Este año he llegado a apreciar mucho más la zona de confort, esa que yo misma he criticado muchas veces y de la cual durante las últimas décadas todos hemos querido huir porque pensamos que nos limita. El negocio del desarrollo personal ha contribuido mucho a eso y nos ha llevado a tener unas creencias erróneas, que sumadas a lo que llevamos viviendo últimamente, nos ha hecho sentirnos más desbordados que nunca en el capítulo emocional. 

Para mi, la zona de confort ha dejado de ser algo maléfico y para evitar a toda costa.

A cambio, se ha convertido en ese espacio seguro del cual no tengo que dar ninguna explicación a nadie, donde puedo recargar las baterías y donde me permito estar así como lo siento el tiempo que sea necesario, sin filtros y sin juzgar. Se lo que me gusta y lo que no, se lo que me hace daño y lo que no, se lo que me despierta interés y lo que no, porque al final de eso se trata. Cuando te conoces lo suficiente a ti mismo, la zona de confort ya no limita, sino te ayuda.  

En eso he incluido también actividades, lugares y personas conocidas, básicamente cosas que no requieren ni esfuerzo ni energía adicional de mi parte. Esta vez, la rutina es mi mejor aliado y la que me ayuda a rellenar la botella. Al sentirse bajo mínimos, hay que usar sabiamente lo que todavía dispongo, escuchar la intuición y guiarme por ella más que nunca. Y sólo después, podré ser capaz de ofrecer de nuevo, porque no puedes dar si no tienes de donde. 

No pidáis permiso a nadie para estar en la zona de confort, es vuestra y solo vuestra, y nadie tiene el derecho de deciros cuando debéis salir de allí.  

¡Hasta pronto! Voy a seguir disfrutando de la mía.


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One response

  1. Se muy bien a que te refieres. Hace unos años tuve un Burnout de esos, que para mí fue como una explosión nuclear. Hice borrón y cuenta nueva en muchos aspectos, pero a partir de ahí estaba en una espiral constante de altibajos que me costaba mucho manejar. El ambiente en el trabajo tampoco era el ideal y me costaba muchísimo separar lo laboral de lo personal. Y ambas se iban a la mierda.

    Entonces aprendí, como bien dices, a decir no. Pero no fue necesario decirlo con palabras. Las palabras no sirven. Los actos hablan más que las palabras. Prioricé mi salud mental ante todo, y fue un gran cambio. Tiempo después, llegó la pandemia, que aunque ha sido algo horrible para muchos, a mí me ha dado el aislamiento social que necesitaba. Mis 7 meses de erte fueron 7 meses de estar a solas conmigo. Mis contactos sociales eran mínimos y siempre online. Cuando llegó el día de «poder salir», decidí seguir sin hacerlo. No se me había perdido nada ahí afuera. Aunque sea duro decirlo, no echaba de menos a nada ni a nadie. Aunque nadie me ha recriminado nada, las actitudes de algunos me dicen que en cierta manera, andan molestos conmigo por «haber desaparecido». Pero no me importa. Primero viene el bienestar de uno.

    Y todo eso, me ha ayudado mucho en todo, trabajo incluido. Más de una vez me han comentado algo como «que relajado te veo ahora» o «que sonriente estás».
    No hay mal que por bien no venga, si sabemos sacarle partido.

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